“El verdadero aprendizaje se da cuando el espíritu competitivo ha cesado”. Krishnamurti 

 

   Guille Jimeno es un teclista y compositor responsable del proyecto “Transparenycia”, el primer primer trabajo creativo que publica. Durante más de dos décadas desarrolló su actividad profesional en distintas orquestas y grupos de versiones, en los últimos años ejerció también como pianista de piano-bar con un variado repertorio de standars, compaginando todo ello con el estudio y la enseñanza orientados hacia el conocimiento armónico y la improvisación. En el ámbito literario ha publicado en formato kindle la novela “Augusto en el tintero” bajo el seudónimo de Pánfilo.

   A fin de rellenar un poco más este espacio, dedicado por lo común a enumerar los logros del artista en cuestión, dejemos que el propio interesado nos explique los vaivenes de su trayectoria. Tal vez pueda serle útil a alguien, o sirva para dar ánimos a aquellos que, con el paso de los años, han perdido la esperanza de ver realizadas las ilusiones que algún día se atrevieron a soñar.

 

 

       “Cuando tenía alrededor de nueve años comencé a estudiar solfeo y piano con don Alfonso, un veterano profesor bondadoso y no demasiado exigente que enseñaba a los niños con un talante alegre y desenfadado. Cantábamos y tocábamos en grupo, en medio de un ambiente festivo, y así fue como se despertó por completo mi amor hacia la música. Después de un tiempo tuvo a bien recomendarme a una concertista internacional retirada que casualmente acababa de establecer su residencia en nuestro pueblo.

 

       Doña Dolores era una auténtica profesional. Para acceder a su vivienda había que subir unas escaleras muy empinadas, y recuerdo que antes de llamar a la puerta solía sentarme unos minutos a escucharla, completamente embelesado. Aquellas increíbles cascadas de notas me parecían cosa de magia, y estaba convencido de que jamás podría realizar semejantes proezas. No me equivocaba: pronto comprobé que la escalera que se me ofrecía para alcanzar tal maestría era mucho más empinada que la de su casa.

 

    En mi memoria pervive la imagen de una mujer encantadora, luminosa, inteligente y comprensiva, que exigía al alumno un esfuerzo acorde con la calidad de su enseñanza. Durante el primer año tuvo mucha paciencia conmigo, y sólo recuerdo palabras de aliento por su parte, a pesar de que yo no ponía mucho de la mía. Mis manos, débiles e inseguras, no podían con el peso de aquellas teclas; las partituras me parecían difíciles, los ejercicios aburridos e interminables. El único que me hacía disfrutar realmente era Bach. Con tan pocos alicientes, cuando me sentaba ante el viejo piano que había heredado de mi tío pasaba la mayor parte del tiempo improvisando o componiendo sencillas melodías, y esperaba al último momento para preparar las lecciones. Como era imposible engañar a mi excelente profesora, aproveché su primera insinuación, al comienzo del segundo año, de que debía aplicarme más si quería afrontar con garantías los nuevos retos que se avecinaban, para abandonar la disciplina por completo.

 

      A partir de entonces continué disfrutando de la música con la misma intensidad, pero con mucha mayor comodidad. Tumbado en la cama, libre de responsabilidades, escuchaba con los ojos cerrados a mis grupos favoritos, encabezados por King Crimson. Me sumergía por completo en aquellos “universos sonoros”, y si me hubieran dejado sin duda me habría quedado allí para siempre. Por desgracia, fui empujado a la cruda realidad como cualquier mortal. Con poco más de veinte años retomé las clases de piano, pero al poco me convencí de que ya era demasiado tarde para hacer carrera , así que lo dejé de nuevo.

 

      Pasaron los años, y ya cerca de la treintena volví a las andadas. Adquirí el mejor sintetizador del mercado, equipado con un secuenciador de ocho pistas polifónicas, acudí a un curso intensivo de síntesis, y me dispuse a sacar lo mejor de mí mismo. Había oído hablar de varias figuras que no habían necesitado estudios de ningún tipo para realizar su obra, e incluso algunos enterados me aseguraron que cuanto menos supiera, mejor: mi incuestionable talento natural se manifestaría de la forma más pura, sin deformaciones profesionales ni influencias de ningún tipo. Así pues, prescindiendo del conocimiento pero cargado con mucha ilusión, trasteé durante un año y cuando quise hacer balance me encontré con el siguiente resultado: había logrado esbozar un buen número de prometedores comienzos que no acababan de llegar a ningún fin. Para colmo de males, un día le di al botón equivocado y borré sin querer del diskete todo el trabajo realizado; como no había tenido la previsión de hacer una sola copia, lo perdí todo en un instante.

 

       Optimista por naturaleza, convertí este incidente en una señal del destino: evidentemente, yo no pertenecía al círculo de elegidos que podían prescindir de la tradición. Decidí cambiar radicalmente de estrategia y empezar por el principio: aprendería a tocar el piano correctamente, estudiaría armonía, composición, y lo que fuera necesario; me juré que no volvería a componer una sola canción hasta que no dominara todas estas materias y pudiera estar a la altura de mis ídolos -o un par de escalones por debajo. Los años continuaron pasando con una rapidez asombrosa, y yo continué progresando con una lentitud no menos sorprendente. Carente de oído armónico, sin ningún sentido del ritmo, incapaz de asimilar la teoría musical, cada cierto tiempo caía presa del desánimo y abandonaba toda esperanza. Luego me recuperaba y volvía a empezar. Me ha llevado media vida -tengo pensado vivir más de cien años- admitir que posiblemente nunca alcanzaré las cimas que han coronado los grandes maestros a los que tanto admiro. Sin embargo, durante el trayecto he comprendido que compararme con ellos es una insensatez, y solamente al liberarme de esta absurda carga he comenzado a disfrutar escribiendo mi propia historia, cuyo primer capítulo tengo el placer de presentarles”.

 

Guille Jimeno

 

 

 

“True learning occurs when the competitive spirit has ceased.” Krishnamurti

 

     Guille Jimeno is a keyboardist and composer responsible for the “Transparenycia” project, the first creative work he publishes. For more than two decades he developed his professional activity in different orchestras and groups of versions, in recent years also served as piano-bar pianist with a varied repertoire of standars, combining all this with the study and teaching aimed at harmonious knowledge and improvisation. In the literary field, he has published the novel “Augusto en el tintero” in kindle format under the pseudonym of Pánfilo.

 

     In order to fill a little more this space, usually dedicated to enumerate the achievements of the artist in question, let the person himself explain the ups and downs of his career. Maybe it can be useful to someone, or serve to encourage those who, over the years, have lost the hope of seeing realized the illusions that someday dared to dream.

 

     “When I was about nine years old, I began to study music theory and piano with Don Alfonso, a longtime, kind and not too demanding teacher who taught children with a cheerful and carefree spirit. We sang and played in a group, in the middle of a festive atmosphere, and that’s how my love for music woke up completely. After a while he was kind enough to recommend me to a retired international concertista who happened to have just established his residence in our town.

 

     Doña Dolores was a true professional. To access her home you had to climb very steep stairs, and I remember that before knocking at the door I used to sit down for a few minutes to listen to it, completely enthralled. Those incredible cascades of notes seemed like magic to me, and I was convinced that I could never perform such feats. I was not mistaken: I soon found that the ladder that was offered to me to achieve such mastery was much steeper than that of his house.
In my memory survives the image of a charming, bright, intelligent and understanding woman, who demanded the student an effort according to the quality of their teaching. During the first year he had a lot of patience with me, and I only remember words of encouragement from him, even though I did not put much of mine. My hands, weak and insecure, could not handle the weight of those keys; I found the scores difficult, the exercises boring and endless. The only one that really made me enjoy was Bach. With so few inducements, when I sat down before the old piano that I had inherited from my uncle, I spent most of my time improvising or composing simple melodies, and I waited at the last moment to prepare the lessons. As it was impossible to deceive my excellent teacher, I took advantage of her first insinuation, at the beginning of the second year, that I should apply me more if I wanted to confront with new challenges that were coming, to completely abandon the discipline.

 

     From then on I continued to enjoy music with the same intensity, but with much greater comfort. Lying on the bed, free of responsibilities, I listened with my eyes closed to my favorite groups, led by King Crimson. I immersed myself completely in those “sound universes”, and if they had left me I would have stayed there forever. Unfortunately, I was pushed into the harsh reality like any mortal. With little more than twenty years I returned to the piano lessons, but soon I was convinced that it was too late to make a career, so I left it again.

 

     The years went by, and already close to thirty I went back to the old ways. I bought the best synthesizer on the market, equipped with an eight-track polyphonic sequencer, I attended an intensive synthesis course, and I set out to get the best out of myself. I had heard of several figures who had not needed studies of any kind to carry out their work, and even some informed me that the less I knew, the better: my unquestionable natural talent would manifest in the purest form, without professional deformations or influences from no type. So, regardless of the knowledge but loaded with great enthusiasm, fretted for a year and when I wanted to take stock I found the following result: I had managed to sketch a good number of promising beginnings that did not quite reach any end. To add insult to injury, one day I hit the wrong button and inadvertently deleted all the work done from the diskete; since I had not had the foresight to make a single copy, I lost everything in an instant.

 

     Optimist by nature, I turned this incident into a sign of destiny: obviously, I did not belong to the circle of elect who could dispense with tradition. I decided to radically change my strategy and start at the beginning: I would learn to play the piano correctly, I would study harmony, composition, and whatever was necessary; I swore I would not compose a single song until I mastered all these subjects and could be up to my idols -or a couple of steps below.

 

     The years continued to pass with amazing speed, and I continued to progress with a slowness no less surprising. Lacking harmonic hearing, without any sense of rhythm, unable to assimilate musical theory, every so often fell prey to discouragement and abandoned all hope. Then I would recover and start again. It has taken half a life – I have thought to live more than a hundred years – to admit that I will probably never reach the peaks that have crowned the great masters I admire so much. However, during the journey I have understood that comparing myself with them is nonsense, and only by freeing myself from this absurd burden have I begun to enjoy writing my own story, the first chapter of which I have the pleasure of presenting to you. “

 

Guille Jimeno