Libro

Augusto en el tintero

Augusto es un joven apático y descreído. Su propio yo le resulta completamente decepcionante, y el resto del mundo conocido no le inspira mayor confianza. Nos lo encontramos al abrir el libro sumido en la pasividad de un personaje que no tiene vida propia; siempre a remolque de las circunstancias, ha conseguido permanecer a salvo en su burbuja existencial gracias a la generosidad materna.
La burbuja explota cuando su hermana le informa de que la familia ya no puede seguir manteniéndolo. Sin tiempo para digerir la idea, obtiene por recomendación el puesto de cuidador en una Residencia de disminuidos psíquicos situada a las afueras de Madrid. Tiene la suerte de verse arropado desde el comienzo por su experimentada compañera Elena, una mujer de gran vocación y dulce belleza que parece vivir exclusivamente para su trabajo, pero aun así cada día le resulta más difícil soportar la visión de aquel particular patio del infierno.
Llega el buen tiempo, se trasladan los recreos al aire libre, y allí conoce a Begoña, una minusválida que acude de lunes a viernes a un colegio para externos situado en otro edificio perteneciente al mismo complejo asistencial. Esta adolescente, a pesar de permanecer prácticamente rígida de pies a cabeza, consigue realizar con mucho esfuerzo dos movimientos: uno le sirve para decir “sí”, y otro para decir “no”. Con esta herramienta binaria, y gracias a un programa especialmente diseñado para ella por su profesor, Begoña lleva años demostrando un alto grado de inteligencia. Augusto aparca su desconfianza crónica en los humanos y entabla una profunda amistad con Begoña, poniendo todo su empeño en establecer una relación sincera con aquel ser desvalido.
Pero cuando Begoña cumple los dieciseis años, se produce un hecho terrible que los mantendrá separados durante muchos capítulos. Y el pusilánime Augusto no tendrá más remedio que involucrarse definitivamente en los acontecimientos para intentar resolver la dramática situación de su amiga.
La novela está narrada en tercera persona, siempre desde el punto de vista del personaje principal. El estilo, impregnado de humor, viene en gran parte determinado por la conflictiva relación que Augusto mantiene con el lenguaje. Víctima involuntaria de su propia voz interior, es consciente del poder de las palabras -le han hecho sufrir lo suyo-, pero no cree que constituyan un medio satisfactorio para entender la realidad. Detrás de cada idea vislumbra todo tipo de intereses; desmonta un concepto tras otro sin ningún reparo; pone en tela de juicio los lugares más comunes… Y cuando le conviene, no se abstiene manipular el discurso a su favor. Porque Augusto, muy a su pesar, es un digno representante del contradictorio espíritu humano.

Guille Jimeno (Pánfilo)